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Centralia (Columbia, Pensilvania, en Estados Unidos) se empezó a construir en 1854 y se llamó Centreville hasta 1865, cuando la oficina de correos insistió en que se cambiara de nombre debido a que ya había otro Centreville en la zona.

Durante un siglo el pueblo contó con las minas de antracita para dar trabajo a su habitantes. Entonces llegó la fatídica noche de mayo de 1962, cuando los operarios del servicio de recogida de residuos quemaron basuras en la entrada de una antigua mina, lo cual encendió lo que había justo debajo.

El carbón que azota el fuego

Se acometieron varios intentos para apagar el fuego, pero todos fracasaron o resultaron económicamente inviables. A medida que el incendio se prolongaba, la calidad del aire en la zona empeoraba y muchos vecinos sufrieron los efectos de los altos niveles de monóxido y dióxido de carbono.

Aun así, en 1981 todavía quedaban unos mil habitantes en el pueblo. Por desgracia, ese año cayó un niño en una grieta que se abrió de repente en el terreno y casi perdió la vida a causa de los gases nocivos. Quedó claro que había que hacer algo para proteger a los vecinos.

El pueblo fantasma

En 1984, el Gobierno federal destinó cuarenta y dos millones de dólares para trasladar a todos los vecinos. Casi todos tomaron el dinero que se les ofrecía y se mudaron a lugares cercanos, pero algunas almas valientes decidieron arriesgarse y se quedaron.

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En 1992, el gobierno se hizo con el control legal de Centralia y declaró los edificios que quedaban no habitables. Una década más tarde, la oficina de correos, que una vez insistió en el cambio de nombre, retiró el código postal a Centralia.

En 2009 el gobernador del estado de Pensilvania inició el desahucio de los vecinos que quedaban. Era como si Centralia estuviera siendo borrada de todos los registros.

Aun así, unas cuantas casas permanecieron ocupadas entre las señales de aviso sobre el fuego subterráneo y posibles corrimientos de tierra.

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Una de las grietas de Centralia que emite gases tóxicos./ JohnDS

Un pueblo apocalíptico

Ahora, el panorama de esa ciudad al noreste de Filadelfia es apocalíptico, la vegetación ha cubierto gran parte de las calles, el pavimento se mantiene agrietado y desde sus fisuras emanan corrientes de gas tóxico hacia el aire.

En algunos lugares se puede ver humo y vapor sulfuroso emerger del suelo de forma inquietante, incluso en tramos de la Ruta 61 que se usaba para abastecer al pueblo. Con esa carretera clausurada, Centralia cerró sus puertas.

Este pueblo abandonado continúa siendo una zona peligrosa y según especialistas, sus calles seguirán ardiendo durante al menos otros 100 años.

Centralia es uno de esos misterios que existen en nuestro mundo. Un planeta y una historiografía repleta de enigmas del pasado todavía por resolver. A colación, la curiosa historia de este pequeño pueblo estadounidense ocupa las páginas de un nuevo libro publicado por un servidor, Javier Ramos, junto a Javier Martínez-Pinna, autores ambos también de El enigma Tartessos.

Grandes enigmas del pasado recoge algunas de las incógnitas más sugerentes de la crónica de la Humanidad: desde el origen de civilizaciones tan misteriosas como los olmecas o los etruscos hasta los secretos del Tercer Reich. Y muchísimo más.


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Avatar de Javier Ramos
Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

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