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Desde a populosa Marsella al casino de Montecarlo, pasando por pueblos que parecen construidos para rodar una comedia romántica al estilo Hollywood: un escaparate marítimo entre los Alpes y los campos de olivos. Hacer viajes en cruceros por el mediterráneo es una experiencia a realizar al menos una vez en la vida.

Primera parada: Marsella

Lo primero que distinguen los viajeros desde la cubierta del barco al llegar la bahía de Marsella es una locomotora blanca coronando una colina: se trata de la basílica Notre-Dame de la Garde, templo católico construido por un protestante dotado de formas bizantinas.

El gran templo pagano de la ciudad es el Stade Velodrome, campo del Olympique de Marsella, auténtico símbolo unificador de la ciudad costera.

Hoy, la única actitud posible del viajero es pasear ociosamente por el pintoresco barrio de Panier o por el Vieux Port, el Puerto Viejo, fortificado por parroquianos unidos a un vaso de pastís (anís típico de Marsella)

Otra imagen literaria modelada con piedra se puede contemplar desde la Carniche. El Chauteau d’If, la isla de prisión de torres cilíndricas donde Alejandro Dumas encarceló al conde de Montecristo.

Cannes

Enfrente de Cannes, en la isla de Santa Margarita, estuvo encerrado el misterioso Hombre de la Máscara de Hierro. Con más libertad, y los rostros descubiertos, pasean hoy las celebridades bajo las palmeras del paseo marítimo de La Croisette.

En el otro extremo de la bahía surge la ciudad vieja o Suquet, con el campanario de Notre-Dame de l’Esperance y la torre y ruinas del castillo del siglo XIV.

Griegos, romanos, bárbaros y pintores impresionistas, escritores malditos y acaudalados empresarios han forjado la esencia de la Costa Azul en sucesivas oleadas de ‘invasiones’.

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En Ajaccio nació Napoleón Bonaparte./ Ernmuhl

Niza

Próximo puerto, Niza, con el mismo mar, el mismo elegante paseo marítimo y el mismo escondido barrio viejo. En esta ciudad francesa modelada por ingleses y rusos nació el héroe de la unificación italiana, Giuseppe Garibaldi.

Vieux Nice, la parte vieja, parece un pequeño pueblo corso trufado de bares, pequeños talleres e iglesias barrocas. La cercana fachada marítima de Promenade des Anglais, es el póster privilegiado de la Belle Époque.

Mónaco

Existe un último rincón de la Costa Azul que le debe, en sentido literal, la vida a un noble: el Principado de Mónaco, conquistado en 1297 por Francesco Grimaldi.

Setecientos años más tarde Mónaco se ha convertido en un paraíso fiscal de estructura vertical, surcado una vez al año por los coches más veloces del mundo durante el Gran Premio de Fórmula 1.

Una impresionante rampa comunica la residencia de los Grimaldi con el barrio de La Condamine, verdadero eje comercial de la ciudad-Estado. La gran atracción del Principado es el Casino de Montecarlo, al que nunca ha ganado nadie a la larga.

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Fin de ruta: Ajaccio

El itinerario en crucero por la Costa Azul lleva al viajero hasta Ajaccio, en Córcega, las tierras de Napoleón Bonaparte. Su casa natal se conserva bajo el Museo Nacional de la Casa Bonaparte.

La Catedral, construida en la segunda mitad del siglo XVI, alberga la pila bautismal del pequeño corso. Tras el recorrido histórico sería aconsejable acercarse hasta la playa de Ricanto, a seis kilómetros, para conocer otras caras de esta isla abrupta y misteriosa.

Hacer un crucero no es un viaje cualquiera. Es otro asunto bien distinto, incluso otra forma de viajar. Es fácil, cómodo y hoy ha llevado al pasajero aficionado por la historia a un recorrido por la Costa Azul francesa.


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