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El viajero que visite Ochagavía puede pensar que está en un pueblo perdido de Suiza o entre las praderas que pisaba Sissi en Austria. Robledos, pinos, manantiales de agua cristalina y bordas diseminadas como margaritas en un prado…

Lo que más llama la atención es que sus habitantes viven en régimen comunal, como cuando antaño escaseaba el dinero: reparten los beneficios y tienen derecho a lotes de leña de los bosques para construir sus casas.

Antiguamente, un día al año (27 de diciembre), se celebraba el Urruskide Eguna, Día del Comensal, dedicado a fomentar la paz entre los vecinos.

La historia de Ochagavía

Ya habitado en tiempos de los romanos como prueba su antiguo puente, Ochagavía es un pueblo de sueño, coronado por el santuario de Muskilda, a los pies de la selva de Irati, uno de los hayedos más bellos de Europa (el segundo mayor de Europa después de la Selva Negra en Alemania).

Situado al note del valle de Salazar, a 764 metros de altitud y en la confluencia de los ríos Anduña y Zatoia, sus casas resultan muy originales: al contemplarlas se experimenta el extraño deseo de acercarse a otear los techos empinados de dos aguas.

El conjunto se completa con estrechas calles empedradas, y para que el encanto sea total, a la orilla del río crecen nenúfares.

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El río Anduña parte en dos la localidad de Ochagavía./ Javier Losa

Qué ver en Ochagavía

La iglesia de San Juan Evangelista suele estar cerrada y no hay una cantidad abundante de monumentos que visitar, pero el pueblo en sí ya constituye un monumento. A ambos lados del Anduña hay viejos caserones con escudos de piedra y palacios dieciochescos, que quedaron del incendio de finales del XVIII.

Cada casa tiene personalidad propia, una característica que se repite en unos cuantos valles navarros. El pueblo está dividido en cuatro barrios (Urrutia, Irigoyen, Irribarren y Labaria) y casi todas sus casas fueron destruidas por un incendio provocado por el ejército francés en 1794.

De ahí que el nombre del pueblo pueda proceder de aquel desastre: solo quedaron ocho casas, ‘ocho había’. Se conservan algunas fachadas palaciegas, pero los tejados tradicionales de tablilla de roble tuvieron que ser sustituidos por otros de tejas. Solo queda el tejado original de la torre de la ermita de Muskilda, del siglo XII.

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Un paseo por Ochagavía

El viajero verá también los escudos nobiliarios de piedra de las casas blasonadas, así como las bellas balconadas y ventanas siempre floridas. Y todas muy cuidadas.

Los habitantes de Ochagavía temen tanto a los incendios que, de una casa a otra, hacen una especie de huecos que llamean etxekarte para evitar que, en caso de incendio, no se propague el fuego de un edificio a otro.

El hecho de que el escudo del pueblo muestre un lobo es fiel reflejo de que desde hace siglos se ha relacionado el nombre del pueblo con estos animales, muy presentes hasta el pasado siglo en estos parajes montañosos y boscosos.

Para los vecinos del pueblo, Muskilda es su monte Tabor, el lugar sagrado donde guardan su mejor tesoro: la Virgen de Muskilda. El santuario se encuentra en la cima del monte del mismo nombre, a 1.025 metros, y desde lo alto se ve la villa de Ochagavía.

Este municipio navarro emplazado a 80 kilómetros de Pamplona cuenta también con un Centro de Interpretación de la Naturaleza, instalado en la Oficina de Turismo de la villa.

En el centro se estudian la flora, fauna y las costumbres del valle de Salazar, y se analiza la conservación de los ecosistemas, especialmente el de la Selva de Irati.

Sin salir de Navarra, el viajero podrá visitar otros lugares de interés y dotados con mucha historia a sus espaldas. Como Vera de Bidasoa, municipio vinculado a la vida del ilustre literario Pío Baroja.


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