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Guadalquivir, el río de la plata

Guadalquivir, el río de la plata

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Adolf Schulten suponía que la ciudad de Tartessos tenía que yacer sepultada en algún lugar cercano a la desembocadura del río Guadalquivir. Varios autores clásicos mencionan con ese nombre un río cercano a Cádiz, un río de ‘raíces argénteas’, que no podría ser otro que el Guadalquivir, que discurre al pie de Sierra Morena, rica en plata. Los primeros navegantes griegos conocieron el Guadalquivir con el nombre de Tarteso; el Betis de los romanos, que los indígenas llamabam Certis, según Tito Livio.

Su importancia en el desarrollo y auge de la cultura de Tartessos es vital. “El río Tarteso corre cargado de partículas de estaño y lleva a las ciudades este rico metal”, relata Avieno en su Ora Marítima. Riqueza que no pasó desapercibida para los primeros fenicios que visitaron las costas andaluzas, quienes construyeron sobre una isla del delta del río el antiguo emporio de Tarshish, que según el mismo Avieno se encontraba entre los dos brazos del río, teniendo al nordeste el lago Ligurio, representado por las actuales marismas, que se extienden hacia el interior más de seis leguas, y al oeste, el océano. El brazo oriental o más bien del sureste, es el único que existe en la actualidad; el de poniente parece haber desaparecido.

Los geógrafos romanos Polibio y Escimno creían que el curso alto del Betis era el que hoy consideramos su afluente, el Guadalimar-Guadalmena, que nace en la sierra de Alcaraz (Albacete). Este sería el origen del Guadalquivir si lo consideráramos desde un punto de vista meramente geológico, pero si seguimos un criterio hidrográfico, le daremos la razón a Plinio el Viejo, que identifica su cauce con el que hoy consideramos su afluente Guadiana Menor, un río nacido de la confluencia de los arroyos Babata y Fardes en la Sierra Seca (Huéscar, Granada)

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El Guadalquivir, a su paso por Sevilla.

También es un camino

El Guadalquivir no es solo un río, también es un camino a lo largo del cual viajan personas y mercaderías, una corriente de influencias por la que culturas orientales más desarrolladas fecundaron estas tierras que se han llamado Tartessos. El poeta Estesícoro, que vivió hacia el año 600 en Himera, en un fragmento de su poema Gerioneida cita el río Tarteso, del que asegura: “Parece ser que en tiempos anteriores llamaron al Betis Tarteso, y a Cádiz y sus islas vecinas, Eriteia”.

El geógrafo griego Estrabón, por su parte, dice al respecto: “Y como el río tiene dos desembocaduras, dícese también que la ciudad de Tarteso, homónima del río, estuvo edificada antiguamente en la tierra colocada entre ambas, siendo llamada esta región Tarteso, habitada ahora por los túrdulos”. Aludiendo a su nacimiento en la actual sierra de Cazorla, comenta Estrabón que el Betis desciende del Monte Argyrius, llamado así por sus minas de plata.

Fecundo en estaño

En Esteban de Bizancio se lee: “Tartessos, ciudad de Iberia nombrada por el río que fluye de la montaña de la plata, río que arrastra también estaño, es Tartessos”. Escimno 164 (Eforo), que extracta textos del siglo VI a.C., y que a su vez habla de la ciudad y del río con estaño, completa la noticia indicando que el río nace en la Céltica y que lleva también oro y cobre: “La famosa Tartesos, ciudad ilustre, que atrae el estaño arrastrado por el río desde la Céltica, así como oro y cobre en mayor abundancia”.

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La Torre del Oro domina el curso fluvial a su paso por Sevilla.

Estacio y Dionisio 337 coinciden en afirmar la existencia de una ciudad con el nombre de un río que arrastra estaño: “Dicen que el Betis es un río de Iberia que tiene dos desembocaduras y en medio de ellas, como en una isla, está la citada Tartesos, así denominada porque también el Betis se llamó Tartesos entre los antiguos…”. Pausanias, el geógrafo griego que floreció en el siglo II, declara que “Tartessos es un río de la Iberia, con dos desembocaduras, entre las cuales está situada la ciudad del mismo nombre”.

En el año 1492, de grato recuerdo para la historia de España, el filólogo Antonio de Nebrija identificó Tartessos con el río Betis (Guadalquivir) y con el paisaje de brazos marinos que formaba el curso fluvial en su desembocadura. Si no fue cierto, al menos el golfo Tartesio, o lago Tartesio (Sinus Tartesii), coincide con el emplazamiento anfibio por el que se salía o entraba en Tartessos, y por donde más seguro se llegaba al importante puerto de Caura (Coria del Río).

Bonsor y Schulten

Una carta remitida por Jorge Eduardo Bonsor, quien excavó en la zona de Huelva junto a Schulten, en 1894 a Antonio Blázquez dejaba entrever que “el brazo del Tartesso estuvo entre Río de Oro (Torre del Oro) y la boca actual del Guadalquivir; pero como la distancia entre estos dos puntos es próximamente de 50 kilómetros, he creído mejor recordar que se aproxima más al sitio que yo llamo La Entrevista, donde creo estuvo el desaparecido brazo del Tartesso”.

E introduce una nueva nota: “Ya desde 1894, Blázquez, sin haber reconocido el terreno, llegó a localizar la antigua desembocadura del río, entre la Torre de la Higuera y la de Carbonera, pasando este brazo por la inmediación de la Laguna de Santa Olalla”.

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El río andaluz nace en la sierra jienense de Cazorla.

Historiadores como Sebastián Celestino Pérez son de la opinión de que en la zona del Bajo Guadalquivir, en torno al que los romanos denominaron Lago Ligustino (Lacus Ligustinus), se levantarían algunos de los asentamientos indígenas que ya funcionarían durante el Bronce final y que tuvieron contacto con los fenicios.

La desembocadura de Guadalquivir ha padecido notables alteraciones desde época tartésica. Las aportaciones sedimentarias que ha sufrido su desembocadura en los últimos tres mil años ha permitido ganar una enorme extensión de terreno que hoy está protagonizado por la marisma, pero en época tartésica el mar se abría a la altura de Coria del Río (Sevilla), donde el río formaba un estuario al desaguar en una albufera que las fuentes clásicas denominan Lacus Ligustinus.

Un cordón litoral

La boca del estuario se extendería desde Matalascañas (Huelva) hasta Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), formando un cordón litoral por la remisión del caudal de los ríos que allí desembocaban, lo que impediría la entrada de mareas marinas y la consecuente colmatación de su espacio interior a base de materiales finos sobre los que se formaría primero un lago que, gracias a los continuos aportes, se convirtió en la actual marisma del Guadalquivir.

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El Guadalquivir sirve de zona de paso y asentamiento de varias especies avícolas.

Hoy día, el viajero pasea por el Guadalquivir, río de lodos y vertidos, de sueños y versos, por las modernas y capaces rondas que se abrieron para la Expo 92 de Sevilla con sus emblemáticos puentes de la Barqueta y el Alamillo, puede visitar las mínimas estancias de la Torre del Oro y da en imaginar las pilas de lingotes de oro que los galeones de América descargaban junto a sus muros.

En la actualidad, la Torre del Oro se conforma con alojar un modesto museo naval. Desde sus alturas, el viajero puede divisar, a un lado, la plaza de toros de la Maestranza; al otro lado del río, en la orilla de Triana, se contempla la hormigueante calle Betis.

Si se prosigue el itinerario del oro americano, el viajero puede cruzar hasta la vecina Casa de la Moneda, conjunto de edificios y patios donde se ubicaban las fundiciones y las cecas que amondeaban el oro y la plata para pagar las deudas contraídas por la Corona con banqueros genoveses y alemanes.

El río Guadalquivir es uno de tantos destinos para visitar que recopila la guía histórica de viajes El Enigma TartessosGuadalquivir, el río de la plata 1. Una obra publicada por Javier Ramos y Javier Martínez Pinna (editorial Actas)

Javier Ramos Soy periodista y experto universitario en protocolo. He trabajado en diferentes medios de comunicación como 20 minutos, Las Provincias o Diario 16. Ahora ejerzo labores de community manager, colaboro en blogs y publicaciones digitales. Autor del libro 'Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma'.

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